«Y, entonces, ¿qué significa ser “hablante nativo”?», nueva entrada de blog escrita por Anna Babel y Devin Grammon


Y, entonces, ¿qué significa ser “hablante nativo”?

Anna Babel y Devin Grammon

La frase “hablante nativo” es usada tanto por lingüistas como por la gente en general para describir a alguien que ha crecido hablando una lengua específica y que es “completamente proficiente” en dicha lengua. Generalmente, a los hablantes nativos se les otorga cierta autoridad sobre cómo se debe hablar una lengua. Por ejemplo, es común que se prefieran a hablantes nativos como profesores de segunda lengua, o que se busque a hablantes nativos para que sean “informantes” en clases de metodologías de trabajo de campo, o como asistentes en los trabajos de campo o para el análisis de los datos. La idea de ser un hablante nativo está atada a las de autenticidad, como la idea tradicional concebida en dialectología de que un hablante adulto mayor hombre de una área rural con su dentadura completa es uno de los “mejores informantes”. Pero, ¿de dónde viene esta definición de hablante nativo y qué significa en realidad?

El concepto de “hablante nativo” se originó dentro de un contexto nacionalista y colonialista europeo en el siglo XIX. Esta noción resultó útil tanto para conceptualizar y nombrar una identidad lingüística específica asociada con una nación, como también para diferenciar entre grupos sociales dentro de la jerarquía colonial1,2. El surgimiento de este concepto en discursos académicos y públicos se asoció con otros, como el de lengua materna, nación y raza. La adquisición de una primera lengua se convirtió en la base del enlace entre estos. Al afianzar su estatus de hablantes nativos, los europeos justificaron la propiedad de sus lenguas nacionales frente a las poblaciones colonizadas, quienes también aprendieron estas lenguas, pero las hablaban de formas que se consideraron inferiores, como si quienes las usaran fuesen descendientes ilegítimos.


La etiqueta de “hablante nativo” no solo crea una conceptualización de una persona como el “hablante ideal de una lengua”, sino que también va muy de la mano de la estandarización y el estudio científico de las lenguas como si estas fuesen objetos lingüísticos autónomos e independientes de los hablantes y de los contextos de uso. Así, las lenguas habladas por los llamados hablantes nativos se conciben como objetos discretos que comprenden características gramaticales y lexicales que pueden evaluarse, separarse y codificarse objetivamente en diccionarios y gramáticas. Por tanto, dada esta concepción esencialista de las lenguas parece lógico, entonces, que sea posible diferenciar entre hablantes nativos y no nativos, basando la distinción en su conocimiento y habilidades lingüísticas. Sin embargo, esta expectativa se ve desafiada al considerar que las lenguas son constructos sociales. Desde esta perspectiva, los límites de una lengua y lo que esta comprende no están establecidos por las características estructurales y léxicas de la misma, sino por las formas en las que se reconoce a un grupo de personas como hablantes o no3. Esto refleja que el dar una definición categórica de hablante nativo a partir de un criterio estructural de una lengua en particular, en el mejor de los casos, es circular y, en el peor, irremediablemente fallido.


El concepto de “hablante nativo” fue ganando atención y prominencia en lingüística en los años 60s – 70s a partir de Chomksy y su enfoque hacia la competencia lingüística4. No obstante, la idealización de “hablante nativo” comenzó a cuestionarse poco después. Algunos académicos aseguraban que un hablante nativo “ideal” nunca ha existido5 y que se debería abordar este concepto a partir de términos más precisos como experiencia, herencia y afiliación6. Estas críticas han continuado en discusión dentro de la lingüística aplicada, en la que el uso de este concepto ha llevado a crear dilemas imposibles de resolver. Por ejemplo, hay académicos que han argumentado que la frase de “hablante nativo”fue adoptada en el área de adquisición del inglés para combinar los conceptos de lengua y raza; a partir de esto, hablantes blancos se consideran con mayor autoridad en cuanto al uso del inglés frente a quienes no son blancos y, por tanto, las variedades de inglés coloniales, nacionales o blancas son consideradas más legítimas que la variedades de inglés nacionales de hablantes que no son blancos7.

Los casos de “hablantes casi-nativos” y “aprendientes excepcionales de segundas lenguas” complican aún más la idea de que la competencia de los hablantes nativos sea un factor fácilmente identificable frente a hablantes no nativos o hablantes de segundas lenguas. Como evidencia de la existencia de un periodo crítico en la adquisición de segundas lenguas, se ha mantenido la observación de que aprendiendes adultos de segundas lenguas casi siempre mantienen un “acento extranjero” fácilmente identificable. Sin embargo, cada vez más investigaciones cuestionan la estricta existencia de dicho periodo neurobiológico que termina cerca de la adolescencia y que impide un desarrollo fonológico cercano al de un hablante nativo. Varios estudios han mostrado que algunos hablantes adultos casi-nativos desarrollan acentos en sus segundas lenguas que oyentes nativos juzgan como si fuesen de nativos, así como también que algunos de estos aprendientes son capaces de distinguir variedades de sus lenguas no nativas en tareas de percepción de forma más precisa que los hablantes nativos en grupos de control8,9.  Estas investigaciones sugieren que tanto las motivaciones como las experiencias de los aprendientes adultos son más importantes que la edad de inicio del desarrollo de habilidades nativas en otras lenguas.

Además de ejemplos en el área de adquisición de segundas lenguas, hay otros que muestran las complicaciones que la frase “hablante nativo” da origen en investigaciones lingüísticas, así como también en experiencias personales. Por ejemplo, algunas personas pueden ser separadas de sus comunidades de habla de origen cuando emigran de estas y no vuelven a hablar sus lenguas maternas de forma regular. En estos casos, el dominio predominante de otra lengua aprendida más tarde en su vida podría afectar la realización fonética de palabras en su primera lengua y esto, por tanto, llevarlas a ser percibidas como hablantes no nativos con un acentro extranjero10. En otros casos, por ejemplo, quienes experimentan atrición del lenguaje como producto de enfermedades neurodegenerativas o derrames cerebrales, a pesar de que en su mayoría pierden gran parte del dominio en todas las áreas del uso de su primera lengua, nunca se los califica como hablantes no nativos.

La competencia de migrantes adultos que han experimentado atrición de su primera lengua es un escenario paralelo a la experiencia de muchos bilingües biculturales, o los conocidos como la generación 1.5 de migrantes, quienes desde tempranas edades se adentran a un contexto nuevo con una lengua diferente. La competencia en su lengua nativa se puede ver interrumpida en varios aspectos y, generalmente, estos hablantes llegan a sentir como si no “hablaran bien” o si lo hicieran como “niños”. En Estados Unidos, por ejemplo, es común que los hablantes de español como lengua de herencia comenten que no se sienten considerados “verdaderos hablantes nativos de español”, en parte por su falta de educación formal en esta lengua y también por el bajo estatus que tiene el español en este contexto, especialmente cuando se refiere a grupos racializados en la sociedad estadounidense11. En casos como estos, los conceptos de una “lengua ideal” y de un “hablante ideal” se entienden que pertenecen a otro contexto, es decir, un discurso que ignora el bi- y el multilingüismo como la verdadera realidad del uso de la lengua y como parte de la realidad que viven los hablantes12.

De forma parecida, los hablantes de lenguas indígenas que experimentan un desplazamiento lingüístico suelen ser comparados desfavorablemente con la idea de un hablante monolingüe ideal, a pesar de que este nunca haya existido. En el discurso popular, es muy común que se mantenga que las lenguas indígenas han sido “corrompidas” por el contacto con lenguas europeas y otras lenguas coloniales. Sin embargo, estos discursos pocas veces toman en consideración el hecho de que las lenguas siempre están moldeadas por el contacto. Estos hablantes tienden a ser calificados como semihablantes o como hablantes sin una competencia plena como la de un hablante nativo, por lo que sus habilidades lingüísticas son muchas veces devaluadas13. Como en el caso de los hablantes de español como lengua de herencia, un hablante ideal de una lengua indígena puede considerarse como una persona “distante” en el tiempo y/o en el espacio, es decir, como alguien de otra generación, o de un lugar geográfico alejado o aislado al que no le han llegado los efectos “contaminantes”del contacto.

Además, hablantes de lenguas o variedades marginalizadas o minorizadas, o que están pasando por un proceso de desplazamiento, comúnmente son considerados como si no fuesen “buenos” hablantes de la lengua o no lo suficientemente “buenos”14. Esto sucede porque las lenguas o variedades que hablan no son reconocidades como variedades legítimas, como es el caso de las lenguas criollas15, las variedades minorizadas de inglés como el inglés afroamericano16,17 o la variedad de turco-alemán18. Estos discursos de estigmatización también están enfocados hacia hablantes de lenguas indígenas minorizadas, como es el caso de lenguas indígenas en México, para las cuales se usa el término dialectos a pesar de no tener ninguna relación con el español. La etiqueta de dialecto en este contexto americano implica que estas no sean consideradas como lenguas completas. Un hablante de un dialecto puede sentir (o le hacen sentir) que no puede reclamar el estatus de un hablante de una lengua legítima19.

Al ver de forma más detallada y más a fondo el concepto de “hablante nativo”, es posible reconocer que este está directamente conectado con posiciones discriminatorias. Lingüistas y personas en general comparten una visión de este concepto como si este fuese parte del sentido común. Sin embargo, está claro que este concepto se origina históricamente en discursos nacionalistas y coloniales sobre las lenguas, naciones y pueblos y, usualmente, es usado para excluir o controlar los límites de la condición de hablante y, esencialmente, la condición de persona. El concepto de “hablante nativo” está basado en concepciones arraigadas sobre quién merece ser considerado un hablante y qué lenguas merecen ser reconocidas como tal.


Bibliografía general

Bonfiglio, T. P. (2010). Mother tongues and nations: The invention of the native speaker. Walter de Gruyter.

García, O. (2019). Decolonizing foreign, second, heritage, and first languages. In D. Macedo (Ed.), Decolonizing foreign language education: The misteaching of English and other colonial languages, 152-168. Routledge.

Hackert, S. (2012). The emergence of the English native speaker: A chapter in nineteenth-century linguistic thought. Walter de Gruyter.

Otheguy, R., García, O., & Reid, W. (2015). Clarifying translanguaging and deconstructing named languages: A perspective from linguistics. Applied Linguistics Review6(3), 281-307.


Más referencias bibliográficas en nuestra entrada en Language Log.

Grammon, Devin y Anna Babel (2021): “Y, entonces, qué significa ser hablante bilingüe”, Blog del grupo Español en Contacto. Recuperado de: http://espanolcontacto.fe.uam.es/wordpress/y-entonces-que-significa-ser-hablante-nativo-nueva-entrada-de-blog-escrita-por-anna-babel-y-devin-grammon/